EL ESTILO DE VIDA NO ES IDEOLOGICO
EL ESTILO DE VIDA NO ES IDEOLÓGICO
La discusión sobre la clase social ha sido un terreno no pacifico, Se ha querido ver en los gustos culturales —el vino, el whisky, la música clásica— como una marca ideológica, como si la estética definiera la política. Esa reducción, que podríamos llamar “socialismo de la pobreza”, ha desviado la brújula de la lucha de clases hacia un moralismo que poco tiene que ver con el materialismo histórico. Marx lo advirtió con claridad: “No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino, por el contrario, el ser social lo que determina su conciencia” (Prólogo a la Contribución a la Crítica de la Economía Política, 1859).
En el mundo contemporáneo, el consumo aspiracional y la globalización cultural han borrado las fronteras simbólicas entre clases. Un obrero puede vestir elegante sin dejar de vender su fuerza de trabajo, mientras que un empresario puede disfrutar de expresiones populares sin perder su carácter dominante. Esta mezcla de símbolos genera una conciencia confusa, donde la política se disfraza de estilo de vida y se olvida la estructura económica que sostiene la explotación.
La tradición revolucionaria, desde Mao hasta Fidel, construyó un imaginario donde la pobreza era virtud y el bienestar sospechoso. Se confundió emancipación con sacrificio, como si la dignidad del trabajador dependiera de su capacidad de soportar la carencia. Lenin, en cambio, recordó en 1920 que “El comunismo es poder soviético más electrificación de todo el país” (Informe sobre la labor del Consejo de Comisarios del Pueblo, VIII Congreso de los Soviets), subrayando que la revolución debía ser sinónimo de progreso material y no de miseria. Sin embargo, esa advertencia se perdió en la práctica y se levantó un discurso donde la austeridad era bandera y la prosperidad, traición. Chávez lo profundizó al afirmar que “ser rico es malo”, reforzando la idea de que el bienestar material era incompatible con la revolución.
Pero la emancipación no puede reducirse a un culto a la pobreza. La lucha de clases exige abandonar ese reduccionismo y reconocer que los gustos culturales no determinan la posición ideológica. La brújula sigue siendo la relación con los medios de producción y la ubicación frente a la explotación.
En un mundo marcado por el consumo aspiracional y la globalización cultural, recuperar la claridad sobre la estructura económica es indispensable para reconstruir una conciencia de clase capaz de orientar la acción política hacia la emancipación. La emancipación no es pobreza dignificada ni sacrificio eterno, sino la conquista de una vida plena para quienes producen la riqueza. Recuperar la brújula materialista es el único camino para que la conciencia de clase deje de ser un símbolo vacío y se convierta en fuerza transformadora capaz de derribar la explotación y construir un futuro de dignidad compartida.
Juan Manuel
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